A un año del catastrófico incendio que afectó a la región de Valparaíso, nos encontramos recientemente con la lamentable noticia sobre la muerte de una de las damnificadas del megaincendio, luego de que el fuego destruyera nuevamente su hogar transitorio (vivienda de emergencia).
En este sentido, no es de extrañar, tal como viene ocurriendo hace años, que con la ayuda de vecinos, familiares y promesas desde las instituciones están buscando la forma de ponerse de pie nuevamente.
Parafraseando a Walter Benjamín en sus tesis sobre la historia, podríamos decir que nada hay en la historia que no deba su existencia al esfuerzo y el sufrimiento de las generaciones oprimidas. Ellas son las que, una y otra vez, han tenido que levantarse para luchar por un futuro mejor.
En este escenario de crisis constante, en el cual el estado de emergencia se transforma en la regla, hemos visto cómo en estas últimas semanas se han presentado focos de incendios en 9 regiones del país, donde más de 3500 hectáreas han sido afectadas. También lo acontecido en Los Ángeles, California que ha puesto en peligro los futuros juegos Olímpicos en dicha ciudad.
Sin embargo, vemos diariamente como todo lo anterior, busca ser expuesto como problemáticas aisladas, donde se individualizan las responsabilidades o se atañen a la idea solo abstracta del Cambio Climático, con la intención de que haya que “dar vuelta la página una y otra vez”, fomentando el olvido.
No obstante, para enfrentar este escenario de catástrofe, es fundamental abordarla dentro del marco de una crisis civilizatoria en curso atendiendo a sus causas integralmente.
En primer lugar, la crisis climática, es consecuencia del modo de producción capitalista y la forma de vida que se impone, este escenario nos está llevando a situaciones extremas.
Según datos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) el año 2024 fue el año más caluroso que se tenga registro, y el primero en superar el umbral de 1,5° establecido por el acuerdo de París.
Un segundo factor, es la necesidad de resolver el problema de la acumulación Capitalista, poniendo en marcha el conocido repertorio de destrucción y muerte.
El violento despojo a los pueblos originarios que por años la colonización ha efectuado en el territorio, devastando, arrasando, violando la tierra y quienes la habitan. Imponiendo a punta de muerte otras formas de vivir y relacionarse. Arrebatando la espiritualidad, la sabiduría, economías y otros, en que nuestros/as antiguos habían convivido durante centenares de años. Lo que, a la llegada del colonialismo, seguido del capitalismo, en que sólo algunos incrementan cruelmente sus riquezas a cambio de millones de muertes.
Por todo lo anterior, no podemos más que sospechar que lo ocurrido en la región de Valparaíso hace un año, que tuvo como consecuencia las muertes de 137 personas, 3047 viviendas quemadas, hectáreas de bosques, y todos sus ecosistemas afectados puede esconder los siniestros intereses del gran capital.
Sin embargo, se apunta únicamente a responsabilizar de dichas acciones a cargos individuales, deteniendo por la causa a algunos funcionarios de SENAPRED, bomberos y CONAF. Desviando lo que en profundidad y en lectura ampliada tiene como finalidad resolver el problema de la acumulación y concretar los planes estratégicos que permitan promover el flujo de mercancías hacia Asía Pacifico (corredor bioceánico). Usando a su favor el conocido repertorio de lugar siniestrado, cambio de uso de suelo realizado para montar inmobiliarias, carreteras e industrias.
En cuanto a la crisis, otro factor que se devela es la tendencia de desintegración/descomposición del Estado burgués, prueba de aquello en términos concretos lo podemos observar en los planes de emergencia posteriores a los incendios, donde se manifiesta la incapacidad del Estado de contener, atender y resolver las necesidades inmediatas de las personas. Necesidades que se han producido por el estado permanente de emergencia. En consecuencia, en términos particulares la descomposición y desconfianzas de y en las instituciones.
En términos específicos, respecto al megaincendio, el balance del plan de reconstrucción que podemos hacer a un año de la catástrofe es negativo, según datos oficiales sólo el 26% del plan habría logrado su meta, siendo el área de construcción de viviendas el de mayor déficit.
Por otra parte, recientemente han surgido fuertes críticas desde la Contraloría por graves falencias en la estrategia de SENAPRED donde “se advirtió que el servicio no verificó adecuadamente la ejecución de tareas clave, como la elaboración de cartografía de infraestructura crítica o la realización de patrullajes preventivos aéreos y terrestres en sectores de alto riesgo”.
Mientras que lo relacionado a acompañar e intentar reconstituir el estado de bienestar de las personas afectadas, las instituciones sólo han mostrado su arrogancia, inoperancia, y los constantes juegos de traspaso económicos que han efectuado.
Uno de estos casos es el sector del Olivar - 864 viviendas destruida, 37 fallecidos - quienes en diciembre se encontraron con la sorpresa que tendrían que seguir esperando por residencias definitivas, pues el Serviu afirmó que las obras comenzarán durante el primer semestre.
Lo anterior, se ha evidenciado con la soberbia, y en ello la falta de conocimiento, compromiso y ética que no han sido capaces de cumplir con las personas. Aquello, visto en actitudes que lo único que ha hecho es re victimizar a los afectados/as. Lo que podría ser distinto, dado que en la región ya se tenían experiencias de magnitudes semejantes, como lo es el incendio que arrasó algunos sectores de la comuna de Valparaíso en el año 2014, y de ahí en adelante los ocurridos en zonas de Quilpué y viña del mar.
Y es ahí donde aparece la pregunta ¿qué hemos aprendido desde las instituciones y territorio para abordar estas problemáticas? ¿no se supone que la experiencia genera conocimiento? ¿cuáles son los planes realmente certeros para efectuar la contención necesaria en cada territorio?
Se entiende que todo es parte de los intereses del gran empresariado, pero a la vez también se devela la falta de interés que efectúan los y las funcionarios que se dicen ser públicos, donde la falta de ética, y el interés de incrementar los bolsillos y el ego, sólo produce más precarización y violencia estatal y comunitaria en los sectores afectados.
Caso de ello, es que desde lo piramidal en el Estado, se dictan recursos económicos para la actuación hacia sectores específicos en precarización asociada a la catástrofe que se señala, lo cual requiere de atender en tiempos contingentes, sin embargo no se efectúa lo que aparece en los planes llamados “orientaciones técnicas” “manuales de actuación tras catástrofe”.
Aún siguen ocurriendo las gestiones de mala administración, lo que en consecuencia sólo sigue maltratando a las víctimas de la catástrofe. Pues no sólo no se ha reconstruido lo que por años fue el esfuerzo y lucha de levantar hogares, sino que además, estar expuestos/as a las violencias institucionales, sólo llevan a que incrementen las conductas suicidas…¿Pero eso es otro tema, o no? condiciones de salud mental de malestar que sólo se intensifican y se siguen tapando en la individualización de una sociedad egoísta, que cada día se interesa menos por la colectividad y el tejido social.
La empatía y la solidaridad parecen ser sólo consignas de una historia en un territorio sin memoria. Por tanto, el arrebato a fuerza de fuego de lo que ha sido nuestra identidad. Resistimos porque existimos…
Por eso conmemoramos con profunda tristeza, porque nada ni nadie está olvidado.