Una conversa con Carlitos Marx
El país donde vivimos
En este país en que vivimos, los trabajadores laboran tres horas para su sueldo y 5 horas diarias para las ganancias de su patrón.
Por eso, los ricos son tan ricos... son ese uno por ciento de la población que lleva el 40% de la riqueza del país.
Por lo tanto, a la mayoría, a nosotros/as, nos faltan viviendas dignas. Faltan medio millón de casas nuevas y un millón y un cuarto de casas deben ser mejoradas o ampliadas.
A la mayoría de la población, a nosotros/as, nos falta una buena educación. De los millones de niños que van a una escuela, el 35% van a escuelas públicas que no son famosas por su calidad educativa, 45% van a un colegio subvencionado y 10% van a colegios privados.
A la mayoría de la población, a nosotros/as, nos falta un buen sistema de salud. El 80% tenemos Fonasa, mientras casi el 20% tiene el dinero para tener una Isapre.
Y todos sabemos qué pasa con los y las jubilados. La mitad de los y las jubilados que recibieron una pensión de vejez obtuvieron menos de 343 mil pesos, que equivale a solamente 75% del sueldo mínimo. Y esa pensión incluye la PGU.
Y la situación de las mujeres es aún peor. Su pensión mediana es 232 mil pesos.
De todo el dinero que reciben los jubilados hoy, solamente el 18% vienen de las AFP. Es decir, las pensiones son tan malas que el estado tiene que pagar el 82% de las pensiones.
Si eso fuera poco, incluso la comida que comemos es distinta a la que comen los ricos. La mayoría compramos en un supermercado más o menos, comemos muchas sopaipillas y completos y comida chatarra. Por eso los hombres y mujeres que andan caminando en Puente Alto o Maipú son más gordos que los que pasean en Providencia.
Así son las clases sociales en Chile hoy. Así es la vida en un país con clases sociales. Nosotros tenemos menos porque el 1% tiene más.
Pero no es la pura riqueza lo que tienen los ricos. También tienen sus jueces, sus generales, sus fuerzas armadas, su Estado.
¿En qué país quieres vivir?
Ahora bien, ¿en qué tipo de país quieres vivir?
Respondemos quizás --- “en un país donde podamos vivir bien, con dignidad, con alegría”.
Un país donde tenemos casa. Donde podemos estudiar gratis y aprender a criticar, donde no hay colas en las urgencias y no hay que esperar años para una operación, donde los jubilados pueden pasarlo bien después de laborar toda una vida.
Es más, agregamos... dónde nosotros seamos los que decidimos el precio de la leche, o si la leche y los yogurts se distribuyen gratis. Donde nosotros decidimos si se gasta más en la salud o en el ejército, en las pensiones o en la publicidad, en la educación y los parques o en edificios para las multinacionales. En fin, donde somos nosotros los que decidimos lo que pasa en el país.
Esa forma de vivir se llama el socialismo.
Juntos y mezclados
Claro, los hombres y las mujeres, los viejos y las jóvenes que vivimos en Chile, los mapuches, las mestizas, los blancos y las morenas, no somos los únicos que quieren vivir bien.
También quieren vivir bien los peruanos, los bolivianos, las argentinas y las brasileñas. Entonces ese socialismo de que hablamos se comparte entre los distintos pueblos.
En otras palabras, reconocemos que una cajera en el supermercado en Puente Alto o en Chiloé, comparte la misma vida con una cajera en un supermercado en Lima Perú, o en La Paz Bolivia, o en Sao Paulo Brasil. Comparten la misma vida, saben cómo es vivir esa vida.
Comparten esa vida porque son de la misma clase social. Y comparten mucho más entre ellas que con una mujer que vive en los barrios ricos en Chile o en Argentina.
Pero no todos los y las trabajadores piensan que son trabajadores, sino creen que son parte de una gran familia que se llama WOM u otra empresa. O quizás creen que, con “tanto” trabajo duro y sacrificio, pueden formar parte de ese uno por ciento de la población que lleva el 40% de la riqueza del país.
Y es cierto que el mero hecho que tú eres “trabajador” no te obliga a pensar “como trabajador”. Quizás crees que son los patrones, las empresas los que hacen la riqueza porque son más inteligentes, más listos, más dinámicos.
Es cierto que el mero hecho que tú eres “trabajador” no significa para nada que tú crees que los trabajadores de otros países son como tú. Capaz que odias a los bolivianos o los haitianos y amas a tu patrón.
Carlitos Marx reconoció todo esto y decía que puedes tener conciencia de tu clase social, o una “falsa” conciencia cuando crees como las personas de otra clase.
Pero hay algo de esto de las clases sociales que el patrón y el empresario no pueden borrar. Es que el patrón, la empresa, no puede hacer su negocio sin “sus” trabajadores, sin embargo, sus trabajadores pueden hacer funcionar la producción sin su patrón.
Es decir... ¿para qué sirven los empresarios entonces?
¿los empresarios, los capitalistas y los ricos nacieron mejores y más inteligentes que nosotros y nosotras... o fue la buena educación que recibieron, los parientes que tienen, la plata que les prestaron o que recibieron como herencia, lo que fue esa suerte de la vida que les abrió la puerta para ellos entrar a ese uno por ciento que llevan el 40% de la riqueza del país?
Tanto tiempo sin ver una clase trabajadora activa.
Hay tantos trabajadores hoy que creen en sus patrones, porque hace mucho tiempo que no hemos sentido la fuerza de la clase trabajadora. Mucha gente no sabe que la clase trabajadora puede obligar a las empresas a subir los sueldos, a mejorar las condiciones laborales, que pueden controlar el horario o la presión que ejerce el patrón en el trabajo.
Y muchos jóvenes nunca han tomado parte en un sindicato y no han sentido la solidaridad, entonces no tienen idea qué es.
Pero otras sí han sentido la solidaridad de otras mujeres cuando han sufrido la violencia a manos de su pareja o vecino. Y han recibido la solidaridad de vecinos cercanos o lejanos cuando un incendio ha destruido su barrio o pueblo, o la contaminación ha puesto la vida de sus familias en peligro.
Los jóvenes perdidos
Puedes decir y con razón, que muchos jóvenes no tienen pega estable, que trabajan en la compra y venta en el mercado negro, que no tienen patrón o que laboran unas pocas semanas en el año en una empresa. Y por eso no saben nada de la solidaridad.
Pero los y las trabajadores que laboran en empresas más o menos grandes (en empresas de más de 500 trabajadores, que son la mayoría de los trabajadores en este país), producen y distribuyen tanto – es decir que su “productividad” es muy alta--, que hacen girar la producción en el país. Y los tallarines, la pasta de dientes, el confort, las toallas higiénicas, la luz eléctrica, el agua potable, los celulares, las zapatillas, la tele y la radio, todos esos bienes que consumimos cada día, se producen a gran escala con una productividad muy alta, tanto fuera como dentro del país.
Los jóvenes perdidos en condiciones de precariedad, también consumen esos bienes entonces son parte del sistema capitalista.
Pero muchos de ellos no quieren menos capitalismo, sino más. Incluso creen que un mundo controlado por gente como Trump sería un mundo mejor.
Creen que los beneficios del imperialismo (sin usar esa palabra) son muchos... la tecnología, la música, la libertad. Y no saben nada de la historia de los imperialistas, que han pasado décadas y siglos robando en grande a los pueblos indefensos.
Pero bueno, ese imperialismo ocurre cuando se integran el poder económico (de los países imperialistas), con su poder político, entonces sus fuerzas militares dan más fuerza a sus fuerzas económicas, y vice-versa. Los ricos en sus países ganan y los trabajadores, bueno... ya sabemos lo que pasa.
Todo cambia, todo cambia.
Ahora bien, cada uno y una vive lo bueno y lo malo de la vida, vive los éxitos y las crisis del capitalismo. La empresa donde trabajas puede pasar por años de vacas flacas y también de vacas gordas. Por ejemplo, los sueldos subieron durante los primeros gobiernos de la Concertación, pero están estancados desde 2014 cuando terminó la bonanza del cobre.
Pero cuando tal o cual trabajador vive una crisis donde labora, puede echar la culpa a la empresa, o puede echar la culpa a sus “colegas”, a sus “socios”, a sus “compañeros”. Es nuestra pega, la pega de los y las revolucionarios, de convencer al trabajador que es el sistema, es la empresa, que tiene la culpa y no los trabajadores.
No son los y las trabajadores la causa de la inflación, ni de las pandemias, ni las colas en los hospitales, ni las pensiones bajísimas, ni de esa violencia que unos sufren a manos de jóvenes que han sido dañados y que no pueden sentir la solidaridad.
Hay algunos trabajadores y trabajadoras que entienden mejor que otros por qué funciona mal el capitalismo, y ellos (y ellas) tienen que enseñar a los demás.
Una vida tan distinta
Claro, en nuestro país, nuestro socialismo controlado por nosotros, dividiría la riqueza del país entre todos y todas. Y hasta los que se creen patrones, pero que son trabajadores, van a compartir el control de sus barrios, sus lugares de trabajo o de estudios, y de a poco van a aprender por la práctica misma qué es la solidaridad. Ellos y ellas van a comprar la leche y el yogurt para sus crías a precios baratos (o recibirlos gratis), porque ese precio está fijado para todos por todos.
Ellos (y ellas) van a sentir que nosotros podemos fijar los precios, podemos decidir qué producir, de qué calidad y en qué cantidad. Entonces ellos (y ellas) van a aprender cómo es una sociedad donde los y las que producen son los y las que mandan.
Podemos tomar esas decisiones porque quitamos el control de las manos de empresas y patrones que producen para el mercado con el propósito de generar ganancias.
Carlitos Marx pasó gran parte de su vida investigando la producción por el mercado e hizo unos descubrimientos ya famosos. Por ejemplo, clarificó que los trabajadores venden su “capacidad para trabajar” -- que él llamó su “fuerza de trabajo” --, a los capitalistas por un sueldo. Y cuando laboran – por ejemplo, en un horario de 8 horas--, producen en 3 horas el valor que financia sus sueldos, pero siguen laborando todo el día y el patrón lleva el valor que se produce en las otras 5 horas.
Esa división del horario en 3 horas (pagadas) y 5 horas (no-pagadas) es (en promedio) como se divide el horario de trabajo hoy en Chile.
Puedes decir que hoy los patrones son los que producen, pero la verdad es que ellos usan “sus” trabajadores para producir mientras ellos mandan.
El pasado y el presente.
El pasado es parte del presente y del presente nace el futuro.
Pero el pasado en Chile era muy distinto a lo que vivimos hoy. Las comunidades del pueblo mapuche y de otros pueblos indígenas no cosechaban sus verduras, no tejían sus alfombras y su ropa para venderlas en “el mercado”. No tenían “empresas”, sino compartían las tierras de sus ancestros y dividían sus cosechas en la comunidad.
No vivían el capitalismo, sino una vida comunitaria, aunque no tenían bienes útiles como lavadoras o confort y luz eléctrica.
En nuestro socialismo, quizás vamos a vivir una vida comunitaria similar a la de ellas. Pero con las ventajas que trae la producción industrial (por ejemplo, las lavadoras), pero sin las desventajas que trae la compra y venta en el mercado y la venta de nuestra fuerza de trabajo.
La clase trabajadora, ¿cómo es?
La clase trabajadora son hombres y mujeres, viejos y jóvenes, mapuches, haitianos, peruanos, bolivianos, mestizos, negros y blancos, heterosexuales y LGBT.
A veces las empresas necesitan trabajadores para algunas pegas, entonces hablan de los migrantes con algo de entusiasmo. Hoy en día necesitan “mano de obra” - fuerza de trabajo -, en la agro-industria.
Pero en otros momentos, pueden hablar de los y las migrantes con odio, como por ejemplo en el caso de Trump o los neonazis en Alemania o Francia. También pueden hablar de la gente LGBT con odio, como habla Milei en Argentina, por ejemplo.
Pero los socialistas revolucionarios creemos en la hermandad de los y las trabajadores porque la clase trabajadora hacer girar este país y también el mundo entero.
Lo que se nos viene encima
Hoy día, el mundo enfrenta tres crisis capitalistas. La crisis de las guerras, la crisis de las economías, y la crisis medioambiental.
Si no ponemos fin a este sistema, nosotros, nuestras hijas y nuestras nietas van a ver en la tele (si hay tele), más guerras, estancamiento o recesiones económicas y una crisis ambiental desde que se derriten los polos, suben las temperaturas de los océanos, hay incendios y diluvios a cada rato y más y más pandemias.
¿Quieres vivir en ese mundo o en mundo dónde podamos parar el calentamiento global, donde podamos vivir en paz y producir lo que nosotros necesitamos bajo nuestro propio mando?
Nada menos que nuestra revolución va a obligar a los ricos del mundo a soltar su poder. ¿Estamos listos y listas?
¿Cómo convencer a la mayoría de nuestras ideas?
Difícil es convencer a los demás si todo anda bien en sus vidas.
Difícil también si quieren aún más capitalismo cuando su vida se pone difícil.
No hay soluciones fáciles, entonces, pero si no decimos a la mayoría hoy que “yo no creo en este sistema”, sino en el nuestro – de solidaridad, en el que los empresarios son muy ricos porque hacen el lucro de nuestro trabajo. Si no lo hacemos, entonces esa mayoría va a seguir creyendo en lo que les dicen sus patrones, sus empresas.
La mayoría tiene que aprender de la experiencia propia, pero con nuestra ayuda. Ellos tienen que aprender por la práctica como cambiar sus vidas, con sus propias luchas. Y también tienen que aprender a interpretar esa lucha con su propia “ideología” o sus propias ideas de lucha, es decir, el marxismo.
Y para responder a esa pregunta que “flota en el aire”: ¿cómo se construye la alternativa que es la “revolución hoy”?... la necesidad de la revolución hoy es porque las crisis catastróficas que sufre el capitalismo ahora, nos obligan pensar de una solución también “catastrófica”.
Y para construir esa alternativa tenemos que hacernos aquellas preguntas: ¿qué es el socialismo?, y ¿quiénes hacen la revolución y cómo lo hacen?”.
Bueno, en varias ocasiones en estas páginas, hemos dicho que el socialismo es cuando la clase trabajadora y sus aliados toman control del país (y el mundo) con sus propias organizaciones sociales base. Esas organizaciones bases mismas SON el nuevo estado.
Y la toma de control por esas organizaciones base ES la revolución.
Dicho eso, cabe la pregunta... ¿somos capaces de construir organizaciones tan poderosas que pueda controlar todo un país con su democracia desde abajo?
Y la respuesta, creo, es que SÍ somos capaces, porque somos nosotros y nosotras los que producimos y distribuimos los bienes de todos los tipos que consumimos en este país, entonces, ¿por qué no podemos controlar todo el país?
Si somos capaces de producir y hacer funcionar tantas cosas (tanto de cobre, celulosa, confort, atención de salud, niños educados y alimentados, los bancos, la vivienda, la luz eléctrica, el agua, los puertos y los caminos), ¿por qué no podemos mandar en esos trabajos?
Creo que nos faltan dos elementos para tener la capacidad de controlar el país. Primero, la confianza y la experiencia. Y segundo, la forma de ver que nos ayuda a creer que somos capaces. Es decir, nos falta la práctica y la ideología. Y esos dos elementos los adquirimos en la lucha, en dar y recibir la solidaridad, y en las discusiones.
Por lo tanto, tenemos que meternos desde ya en las organizaciones sociales que hay hoy, los sindicatos, organizaciones poblacionales, otras territoriales contra la polución, otras de estudiantes.
En esas organizaciones y otras, ya establecidas y nuevas, podemos mejorar en la ´práctica la experiencia y la ideología nuestra y de otros. Y si nos falta la confianza, igual vamos a ganarla en la práctica. Así es el futuro que nace del presente.
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